San Gabriel


Historia

San Gabriel
Fiesta: 24 de marzo
Patrón: de las comunicaciones y de los comunicadores, porque trajo al mundo la más bella noticia: que el Hijo de Dios se hacía hombre.

Su nombre significa "Dios es mi protector".
Es uno de los tres ángeles citados por su nombre propio en la Sagrada Escritura. "Gabriel" significa tambien "héroe de Dios". Aparece en el libro de Daniel y en el Evangelio de San Lucas.

Gabriel es el "angélico mensajero". La máxima de sus intervenciones en la Historia de la Salvación es aquel sublime diálogo con María, encuadrado en toscos muros nazaretanos, pero reconocido por los cristianos de todo tiempo y lugar como el momento central de la Historia humana.

Nos sentimos atraídos irresistiblemente al contemplar a Gabriel en esta escena, como tantos creyentes y artistas de los siglos pasados y del actual. Pero antes fijemos brevemente nuestra mirada en las embajadas preliminares del Arcángel, etapas progresivas de su misión de mensajero.

En primer lugar, Gabriel se aparece a Daniel para aclararle el sentido de una extraña visión que tuvo el profeta, en el año tercero del reinado de Baltasar. Era la visión del carnero y el macho cabrío, que se combatían ferozmente junto al río. Daniel, israelita en el destierro, fue el profeta de las grandes visiones históricas, proyectadas hacia la venida del Mesías.

Dios le inspiraba las visiones y, casi siempre, también le sugería su interpretación. En esta ocasión Dios manda a Gabriel que explique la visión a Daniel. Daniel cae de bruces ante la presencia del Ángel, pero Éste lo levanta tocándole. Toda la Majestad de Dios ha sido comunicada a la presencia de su mensajero. Y manifiesta la visión, refiriéndola a los reinos que se sucederán en los siglos futuros.

Más tarde, en el reinado de Darío, vuelve Gabriel, "volando raudo" a la vera del profeta Daniel, para atender a su instante oración en favor del pueblo de Israel, oprobio de la gente. Pronuncia la famosa profecía de las setenta semanas de años que transcurrirán hasta la llegada del Mesías. Ahí está Gabriel, en la más alta mirada del Antiguo Testamento, señalando ya el tiempo determinado por Dios para establecer su Alianza definitiva con la humanidad.

Saltando Gabriel, con agilidad de arcángel el puente del tiempo, y al cumplirse el plazo anunciado por él mismo, de parte de Dios, vuelve a la tierra, a Israel. Aún no es el momento último, es el último preparativo. Viene a edificar el umbral del Nuevo Testamento, a anunciar a Zacarías, sacerdote del Altísimo, que el hijo de su ancianidad será el precursor del Salvador mismo, preparándole un pueblo debidamente dispuesto. Zacarías duda, y entonces Gabriel revela su personalidad y su misión: "Yo soy Gabriel, que asisto a la presencia de Dios, y he sido enviado a hablarte y darte estas buenas nuevas".

San Gabriel es uno de los siete ángeles que asisten a la presencia de Dios, como Rafael, dispuestos a llevar los más altos mensajes del Señor. Son los más sublimes Arcángeles. Y así como Daniel cayó de bruces ante la presencia de Gabriel, aunque el mismo Arcángel lo levantó, Zacarías, que de la turbación no pasó a la fe sino que dudó de la profecía milagrosa, quedó enmudecido "hasta el día en que se cumplirán estas cosas".

Pero entre la profecía y el nacimiento de Juan tiene lugar el gran Anuncio, la suprema embajada que jamás criatura alguna ha recibido. Y la lleva el Arcángel Gabriel. Su palabra angélica lanzará el puente; la palabra humana de María, la esclava fiel, le pondrá orilla de destino, y la unión se consumará encarnándose la Palabra, el Verbo de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad.

San Lucas nos transmite la sobrenatural sencillez del diálogo, cuya oculta riqueza ha sido plasmada en colores a partir ya de los frescos catacumbales. Gabriel lleva la iniciativa, el mensaje de la Buena Nueva. María, ante tanta sobreabundancia de dones divinos, silenciosa, reflexiona, medita. El Arcángel proyecta más luz aún sobre la arcana elección y desgrana los anuncios proféticos, dándoles tono de cumplimiento.

María concebirá al Deseado, dará a las naciones el Mesías. Ante la serena pregunta de la Virgen, puesta de repente frente al futuro de su maternidad, Gabriel lleva a la cumbre su revelación y anuncia el descenso del Espíritu Santo, del poder del Altísimo, que reposará sobre María, verdadera Arca de la Alianza, tabernáculo corpóreo de la Divinidad. Y añade una señal confirmativa: Isabel, la anciana, ha concebido un hijo.

Ante María, el panorama inescrutable en toda su grandeza, profundidad y responsabilidad, de la maternidad divina-mesiánica. Por Gabriel ha hablado el mismo Dios, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios que sacó a Israel de Egipto, el Dios que va a venir a salvar a su Pueblo, a congregar a sus hijos de todos los confines de la tierra. Todo el mundo, gimiendo quizá inconsciente por la liberación, está expectante. Y María acepta: "Hágase en mí según tu Palabra". En ella toda la tierra ha aceptado el don del cielo, se ha consumado el matrimonio espiritual entre el Hijo de Dios y la naturaleza humana.

El Arcángel había promovido la Fe, su misión quedaba sobradamente cumplida. Y se retira al tiempo que, en la preciosa simultaneidad recogida por el Ángelus popular, el Verbo de Dios plantaba su tienda entre los hombres, se encarnaba en las puras entrañas de la Doncella. Gabriel ya no aparece más en las Sagradas Letras con su nombre. Probablemente su voz descolló entre los coros angélicos que cantaron el nacimiento de Jesús en Belén y lo anunciaron a los pastores.

Su misión había llegado ya a la cima en la Anunciación de Nazaret, ya se había ganado con todo mérito el título de Ángel de la Encarnación.


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